Me preguntaron de donde soy y no supe

    Mira ve de donde sos Voz


Desde anedonia, donde vivimos todos, la identidad se construye como un mapa de fronteras móviles y memorias que desafían la geografía tradicional. Definir un origen resulta un ejercicio complejo cuando se nace en un país ubicado al norte del sur del continente americano, específicamente en una zona que originalmente pertenecía al departamento de Caldas, pero que luego fue reconfigurada bajo el nombre de Risaralda. Antes de cumplir los cuatro años, mi vida transcurrió durante 735 días en Cartagena de Indias, para luego trasladarme a Barquisimeto, en el estado Lara, Venezuela. Fue allí donde surgieron mis primeras palabras y modismos como el característico naguará, el vacié o el coloquial vamos casa e’ Pedrito, cursando la etapa de Kinder en el colegio La Presentación. El camino educativo continuó en la ciudad de San Cristóbal, estado Táchira, donde complete el bachillerato y los estudios superiores en la Universidad Nacional Experimental del Táchira. Tras la graduación, mi destino profesional se fijó en Anaco, estado Anzoátegui, durante diecinueve años hasta que el colapso de la industria petrolera que obligó mi retorno al Táchira y, posteriormente, al exilio forzoso de tres años retornando a mis raíces en la ciudad de Cali, Colombia,  lugar que mi temprana infancia había dejado en el olvido. Ante la recurrente pregunta sobre mi procedencia, "Mire chamo usted de donde viene; usted no es de Colombia porque con ese hablao se delata",  la respuesta suele ser una declaración de pertenencia universal: soy de la Tierra, el tercer planeta del sistema solar. Sin embargo, incluso esa certeza se vio alterada por el comentario de un amigo de mi infancia, quien aseguró erróneamente que, tras supuestas nuevas determinaciones astronómicas que excluían a Mercurio, la Tierra pasaba a ocupar una posición distinta y contaba con dos lunas según el telescopio James Webb. Ante tal enredo de conceptos y datos imprecisos, la respuesta ha derivado en una verdad más sencilla y poética: de ahora en adelante, mi origen se encuentra en un punto suspendido en un brazo de la Vía Láctea, allí donde las vacas alimentan la galaxia bajo la luz de la estrella que da la vida, el Sol; en definitiva, Yo soy del Planeta Azul Rubí.






El azul no es solo el reflejo del agua vista desde el espacio, sino del tono de la nostalgia y de la vasta distancia recorrida entre naciones; es el color de las costas del Caribe que marcaron mis primeros años. Por otra parte, el rubí le otorga la calidez de una piedra preciosa, representando algo valioso que se resguarda en el interior, evocando incluso un guiño sutil a Rubio, la Ciudad de los Puentes en el Táchira, y al rojo de la tierra arcillosa que sostiene el calor de la gente en el Oriente y los Andes. Esta mezcla de colores simboliza la unión de dos patrias en una sola existencia, donde ser del Planeta Azul Rubí significa finalmente que las fronteras no son líneas trazadas en un mapa, sino los colores vivos de cada vivencia acumulada en el camino.

La separación oficial del departamento de Caldas para dar vida a Risaralda ocurrió en el año 1966. Aunque el proceso político y la firma de la ley (Ley 70) se dieron el 1 de diciembre de 1966, el nuevo departamento de Risaralda comenzó su vida administrativa de forma independiente el 1 de febrero de 1967; exactamente un año antes de mi nacimiento. Este movimiento fue parte de lo que se conoció como la desintegración del "Viejo Caldas", un proceso donde el gran territorio caldense se fragmentó para dar paso a lo que hoy conocemos como el Eje Cafetero (Caldas, Quindío y Risaralda). Ese "pedazo que recortaron", conservó la esencia cafetera pero adquirió su propia identidad jurídica justo en esa década de los 60, poco antes de iniciar mi travesía hacia Cartagena y Venezuela.



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